Hay pueblos enteros que caminan durante días para llegar acá, pero el verdadero viaje no termina al divisar la cúpula de la Basílica. El último tramo se mide en horas de quietud. La noche del 15 de julio, Itatí no duerme; espera.
Hay pueblos enteros que caminan durante días para llegar acá, pero el verdadero viaje no termina al divisar la cúpula de la Basílica. El último tramo se mide en horas de quietud. La noche del 15 de julio, Itatí no duerme; espera.
La plaza se transforma en un hogar a cielo abierto donde conviven el cansancio de los kilómetros andados y la electricidad de la inminencia. No hay frío que cale los huesos ni calor que agobie; la noche regala una tregua perfecta, un aire templado que se llena de murmullos, olor a chipá y el rasguido de guitarras que a lo lejos entonan un chamamé rezado.
Miles de personas, desde gurises en brazos hasta abuelos que custodian promesas de toda una vida, aguardan el minuto cero. El tiempo, esa noche, se suspende.
En la plaza, la Virgen de Itatí se multiplica por miles: está en los banderines de plástico que flamean con la brisa, en las estampitas gastadas y, sobre todo, en las réplicas de yeso que los fieles cargan a upa, abrazadas contra el pecho como si fueran niños pequeños. No importa el peso tras días de peregrinación; esas imágenes son el ancla que une a las familias con este suelo.
El tiempo de la vigilia tiene su propia música, colores y escenas. No es un silencio sepulcral, es una sinfonía viva. En un rincón, el murmullo rítmico y bajo de un rosario comunitario; unos metros más allá, el estallido de un sapucay y un acordeón que desafía a la noche.
Las generaciones se mezclan en las veredas: jóvenes que comparten un mate, ancianos que cierran los ojos para rezar en silencio. La fe en Corrientes se baila y se llora en el mismo espacio.
Cinco minutos para la medianoche. La atmósfera se vuelve densa, casi eléctrica. Las risas y el chamamé ceden espacio a una emoción que desborda. Las manos ya no solo sostienen imágenes; ahora se buscan entre sí, se aprietan fuerte.
En los ojos de la multitud se refleja la luz que se encienden. Hay lágrimas que caen en silencio, promesas mudas que se sellan en la oscuridad mientras todas las miradas se clavan en las grandes puertas de la Basílica.
El grito sagrado de un pueblo estalla en el aire cuando la imagen de la Virgen de Itatí asoma para saludar a sus fieles. En ese instante, el cansancio de los días de viaje y las horas de vigilia se disuelven en un aplauso cerrado que parece no terminar nunca. La espera terminó; la fiesta de la fe vuelve a comenzar.